Piedra en la piedra, aquí estuvo el hombre

Reviviendo los tambores de la libertad

Roberto Ballumbrosio en el museo de Niebla

Roberto Ballumbrosio, en conjunto al Centro Cultural Libertad, realizaron una interesante presentación de música y danza afroperuana en el foso del museo de Niebla, cuya finalidad es contextualizar a los afrodescendientes que, ya sea en calidad de presidiarios o soldados de la Compañía de Pardos y Morenos, fueron parte de la invisible historia de quienes construyeron los castillos del estuario del río Valdivia. Tambores al viento entre las piedras y, en la retina, girones de imágenes escuetas lanzan desafiantes su deseo de existir. Huellas de quienes fueron los habitantes y constructores de los castillos del fin del mundo se niegan a desaparecer, es la historia invisible, la negada, esa que nunca existió pero que abofetea el rostro deslucido del olvido.

01/02/2018

Fuente: Museo de Sitio Castillo de Niebla

La información sobre la Compañía de Pardos y Morenos en la Blanca y Dulce ciudad de Valdivia es muy escasa y, en general, toda información sobre afrodescendientes y presidiarios es escueta. Poco y nada se sabe de las formas de vida, de las relaciones entre los distintos grupos sociales, qué pasó con ellos una vez anexado Valdivia a la naciente República de Chile. Tampoco hay registro en la colección arqueológica que permita vincular a la población afrodescendiente con objetos propios.

La documentación existente se refiere a los Infantes de la Patria, cuando estos cuerpos de afrodescendientes pasaron a las líneas patriotas, y a archivos judiciales, en específico de Santiago. Hay interesantes trabajos de documentación en la zona norte (Arica), donde hubo "criaderos de negros".

Desde el mismo siglo XVI, esclavos de ascendencia africana traídos como servicio, destinados a trabajos especializados o como soldados, pueden encontrarse en diversos registros; Almagro traía “indios y negros” esclavos, al igual que Pedro de Valdivia. Su alto precio evitaba que fueran destinados a trabajos agrícolas, reservándose para servicio personal como escuderos o asistentes. También se acostumbraba arrendarlos para desempeñar oficios humildes en la administración pública, como pregoneros o verdugos. En Santiago, hacia 1569, la autoridad pública de Lima manda castigar con azotes y con clavarles una mano en la picota a quienes anden en la calle después del toque de queda, a quienes se sorprenda con armas o se hagan servir por indias o indios1.

En Valdivia, Villagra entrega en 1564 la “Isla de Las Lajas” o “Isla Teja”, a Francisco Pérez de Valenzuela y López (1528-1590) encomendero, Proveedor Real de la Armada, Alcalde, Contador Real y primer dueño de la Isla: tenía ahí “un grueso repartimento de indios recogiendo trigo y legumbres y labrando teja y ladrillos cuyos hornos perseveran hasta este tiempo” (1650)2. Los hornos de la fábrica de tejas permanecieron después de la destrucción de la ciudad, hasta al menos la segunda mitad del siglo XVII, siendo “reciclados” por distintos Gobernadores hasta llegar a Garland y las Fábricas Reales en el siglo XVIII.  En la casa de Valenzuela funcionaba la Fundición de Quintos (Oro del Rey) y la Fábrica de “texares”, en sociedad con Juan de Molinés y Jerónimo Nuñez. Molinés es un personaje relevante en el concierto de conquistadores españoles del siglo XVI, registra una forja con herreros negros, 13 maestros herreros, más oficiales y aprendices, arrendados a la caja real.

Gabriel Guarda en su obra identifica 27 esclavos negros; a algunos se les otorga la libertad, ganada con su trabajo, como Ana, de 20 años, propiedad de Alonso Carrión. En 1563 mueren, en un ataque a puestos españoles interiores, europeos y afrodescendientes. Entre 1565 y 1586 se podían adquirir en 400 pesos las mujeres y 450 cada varón. Diego y Gasparillo en 1565 son adquiridos por Jorge de Rodas a Andrés Pérez en 1.000 y 850 pesos, respectivamente. Algunos trabajan en las Minas Madre de Dios (Máfil-Mariquina) para juntar el dinero para su rescate, y en la destrucción de Valdivia actúan “negros, zambahigos y mulatos” (Guarda, op cit: 104). La presencia de afrodescendientes persiste en la toponimia local como en el nombre del conocido barrio Las Mulatas.

A fines de 1577 el licenciado Calderón, teniente de Gobernador bajo la administración de Quiroga, establece un decreto, como código penal de los esclavos, que consideraba amputaciones de los pies, azotes y mutilaciones genitales (Barros Arana, op cit: 100). Aún así, en los días festivos, esclavos y encomendados se las arreglaban para reunirse a las afueras de la ciudad de Santiago, "realizando fiestas y borracheras" (Barros Arana. Op cit: 102). 

Barros Arana indica que antes de mediados del siglo XVII, había en Chile de tres a cuatro mil esclavos de origen africano. Calcula, en base al empadronamiento de 1778 ordenado por Agustín de Jáuregui, que unos 10.000 a 12.000 negros y mulatos habitaban en Chile desde el desierto de Atacama al río Maule a principios del siglo XIX, de éstos la mitad era libre (Barros Arana, tomo 7: 317 – 320).

En 1643, holandeses establecen un fuerte en el sector de la “Peña”, a un costado del torreón de Los Canelos. Su oferta a los mapuche, a quienes llaman “canoeros chilenos”, es traer esclavos negros para el trabajo del oro, uno de los motivos para establecer la colonia flamenca en el Puerto. Los mapuche se dan cuenta de que españoles y “moros infieles”, como los llamará el toqui principal de la Mariquina Juan Manquiante en sus cartas al Virrey del Perú, atesoran iguales codicias, y rápidamente los hacen partir. La ambición de los corsarios termina con la llegada de la enorme flota comandada por Antonio Sebastián de Toledo, II Marqués de Mancera, en la Isla de Constantino en 1645. Las ruinas del fuerte holandés, junto a donde hoy está en Torreón de Los Canelos, servirán en tiempos del Gobernador Francisco Delso y Arbizu (1675 – 1677) para establecer ahí la Compañía de Pardos (Guarda, op cit: 131 y Flandes Indiano: 14). La adaptación estuvo a cargo del afamado ingeniero Diego de Matos3.

En 1648 se citan 4 “negros” del Gobernador Gil de Negrete; tres años después se solicita a los mapuche de Calle Calle y Osorno la devolución de los que tenían entre ellos; dos se distinguen en la campaña del Gobernador González Montero a Punta Galera en el río Chaihuín, en 1651, el mismo año se salvan 4 de un naufragio. En 1658 un inventario de Pedro de León y Girón cita una negra de 20 a 25 años, una mulata de 4, y un zambo de 34 (Guarda, op cit: 384-386).

Valdivia fue Plaza y Presidio, significando esto una “guarnición de soldados que se pone en las plazas, castillos y fortalezas para su custodia y defensa”. En 1735 es el primero en incorporar el sistema de cadetes y constituye un batallón fijo compuesto de tropas permanentes. A diferencia del ejército de Chile, la unidad de Valdivia tenía como único objetivo la dotación del sistema fortificado del estuario, en 1773 se le consideraba el mejor del reino. Su número oscilaba entre 900 y 700 hombres, llegando a 1.030 en 1819. El reglamento de 1742 fija la dotación de 6 compañías de infantería con 53 plazas cada una, una de artillería con 25 y una de pardos, también de infantería, con 52, en total 395, fuera de la oficialidad (Guarda, op cit: 243). Sus oficiales, un capitán y un alférez eran europeos y estaba destinada “para centinela y guarda de los desterrados, ha de emplearse también en las obras de la muralla, oficinas de la Plaza y Castillos, pero sin alternativa para los españoles” (Guarda, op cit: 243). En 1788, Ambrosio O´Higgins indica que “por ser negros, zambos, mulatos y otras castas (…) que son sin instrucción alguna del manejo de las armas, por no usarlas, (…) soy de sentir le corresponde mejor el nombre de compañía de Obreros, que el de Pardos”, cambio aprobado el año siguiente, dotándola con 45 soldados y sustituyendo a los oficiales por dos sargentos, dos cabos y un tambor4. El capitán de Pardos percibía en 1782 un sueldo de $300 (mientras los demás capitanes $504) y 2 raciones de comida diarias, los tambores y soldados recibían un sueldo de $60 ($80 era a los demás). En tiempos de Manso de Velasco, dentro del Real Situado, de $50.692, se destinaban 3.576 pesos anuales a los Pardos. 

En 1788 se reclutan los "vagos, ociosos, mal entretenidos y desertores”, hasta 400, para enviarlos a Valdivia. Las listas de presos incluyen tanto gente de alcurnia, como “negros”, “chinos”, mestizos, europeos, españoles y mulatos.

Las condiciones eran en extremo inhumanas. Los mapuche eran remunerados por capturar a los que escapaban, tanto presos como soldados desertores. Garland solicita al Virrey se le permita repartir la cebada podrida del año pasado para darles a los presos “y que no se desmayen en las faenas”. Comían “hasta el número de doscientos y más hombres en una caldera o paila grande”.

Una vez cumplida su condena, la misma Corona los empleaba de soldados, facilitando su establecimiento. Como se ve, el objetivo era tener presencia geopolítica, sin importar el origen social de los “colonos”5.

En 1749 un censo de población6 arroja gran número de afrodescendientes y peruanos, tanto soldados como presos.
Como consecuencia de la expulsión de los jesuitas en 1765 se remataron más de 1.200 “negros”7. Entre 1770 y 1820, un estudio de las partidas bautismales de la misión indica la existencia de 65 “esclavos negros” y 1.543 “indios de servicio”, suponiéndose que las cifras reales son mayores (Guarda op cit: 298). Entre 1748 y 1820 se han identificado 37 casas con esclavos, asumiendo que los 86 nombrados en transacciones y testamentos son un número muy inferior a la población real. La casa con mayor número de esclavos es la de Vicente de Agüero y Godarte con 10, seguido de Pedro Henríquez Carrión con 7, Ignacio de la Guarda y Pinuer con 6, Gabriela de Loyola y Araujo y Lucas de Molina y Bermudo con 5, entre otros vecinos con menor número, el Hospicio de San Francisco posee 2. Se sabe de su presencia en la expedición en búsqueda de la Ciudad de Los Césares en 1777. El mulato Gervasio Armas es esclavo durante 7 años del cacique de Toltén Alto, fugándose y pasando a la protección del Gobernador Espinoza Dávalos. En 1800 María Candelaria, esclava de Manuela Henríquez, es dejada en libertad por más de 30 años de servicio. Lo mismo hace Clara Eslava en 1808 respecto a José del Carmen. La negra bozal María del Rosario, de 18 a 19 años, es vendida en 1813 con la condición de que “por ningún caso sea dicha negra vendida otra vez a algún vecino de esta Plaza”. En 1815, la zamba Carmen Quinteros es vendida con la advertencia de “ser de vientre libre y que, por consiguiente, los hijos que tenga lo sean”. En 1816 Josefa, adulta, esclava de Salvador Martínez Villanueva, es enterrada en Quinchilca (Los Lagos).

Durante la guerra de Independencia, el Batallón de Infantes de la Patria, cuyo capitán fue el afamado pintor José “Mulato” Gil de Castro, estaba formado por la población afromestiza libre de la ciudad de Santiago, parte importante de la cual se desempeñaba en oficios artesanales.

El fin del tráfico de esclavos y la libertad de vientres fue promulgada en 1811 y la abolición absoluta de la esclavitud en 1823.

La ausencia de historias de descendientes y la invisibilización de las estructuras en el museo de sitio, hace dificultoso construir un guión museográfico. Se torna relevante el conocimiento sobre estas poblaciones invisibles porque recuperan un tramo del relato histórico que ha sido encubierto y minimizado. El poner en relieve el rol de afrodescendientes y peruanos en la construcción de la historia de la ciudad permite miradas pluralistas, que llaman a la tolerancia y el respeto por el otro, haciendo hincapié en los derechos humanos y en la necesidad de que el museo se plantee como un espacio plural y multicultural.

Es por ello que se han realizado diversas actividades que intentan despertar las historias de los tambores entre los muros de piedra, como esta presentación del destacado cultor del folklor afroperuano Roberto Ballumbrosio, actividad en conjunto con el Centro Cultural Callejón Libertad y, en especial, a la profesora de historia y bailarina Daniela Troncoso, con quien se han realizado talleres de danza afroperuana y un conversatorio con la activista afroperuana Nachi Bustamante acompañada del músico Cotito Medrano. La actividad en el foso del museo congregó más de 200 personas.

Roberto Ballumbrosio


BIBLIOGRAFÍA

Diego Barros Arana. Historia General de Chile, Tomo III. Universitaria. Santiago de Chile. 1999: 99-100

Guarda, Gabriel OSB, Nueva Historia de Valdivia. Ediciones Universidad Católica. Santiago de Chile. 2001: 89

Guarda, Gabriel. La Sociedad en Chile Austral antes de la Colonización alemana (1645-1845). Andrés Bello. Santiago de Chile. 1979: 133

4 Guarda, Gabriel. Flandes Indiano. Las Fortificaciones del Reino de Chile 1641 – 1826. Ed. Universidad Católica. Santiago de Chile. 1990: 286-287

Ordenanzas Político-administrativas de Valdivia en 1742

6 Gabriel Guarda OSB. Visita del Fiscal Dr. Don José Perfecto de Salas al Gobierno de Valdivia y el Censo de su Población (1749). Revista Historia 21. 1986

7 Celia L. Cussen. El Paso de los Negros por la Historia de Chile. Cuadernos de Historia 25. Departamento de Ciencias Históricas Universidad de Chile Marzo 2006: 45-58

Recursos adicionales

Materias: Antropología - Danza - Folclore - Historia - Música
Palabras clave: Afroperuano - Compañía de Pardos - Castillos del Fin del Mundo - Afrodescendientes - Comunidad - Historia de Valdivia
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