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Educar para conservar

Rayados en los muros del Castillo

Educar para conservar

Publicado el 15/11/2016
Rayados históricos en el foso externo del Castillo de Niebla
Rayados históricos en el foso externo del Castillo de Niebla
Durante épocas anteriores a ser un museo, algunos visitantes realizaron rayados en los frágiles muros de piedra cancagua, material constructivo de esta fortificación. Más allá de las sanciones ¿qué impulsa al ser humano a trascender la memoria dejando estas huellas?

Protegido por la Ley 17.288, el Monumento Nacional "Castillo de la Pura y Limpia Concepción de Monforte de Lemos", actual Museo de Sitio Castillo de Niebla (perteneciente al Servicio Nacional del Patrimonio Cultural), posterior a su ocupación como fortaleza ha tenido episodios de abandono y deterioro.

Labrado en la misma roca cancagua donde se ubica, constituye un ejemplo único en todo el concierto de fortificaciones españolas del siglo XVII de la escuela hispanoamericana de fortificación permanente abaluartada o escuela de fortificación hispanoamericana, arquitectura militar del siglo XVIII al que pertenece el sistema defensivo del estuario del río Valdivia. Además de los vientos, aguaceros y terremotos que han afectado la zona, la masiva concurrencia de visitantes especialmente a partir de la apertura del puente Cruces (1987) y el aumento exponencial del tránsito hacia la costa valdiviana, entre otros, posibilitó que numerosas personas hiciesen dañino uso del lugar, afectando y rayando sus muros, en un contexto donde el resguardo y la preservación del patrimonio carecieron de la relevancia actual.

Notables reconstrucciones -la de mediados del siglo XX por Roberto Montandon; la de 1991-1992 del Proyecto V Centenario; y la del 2013-2014, que puso las plataformas aéreas- han tratado de preservar este hito arquitectónico como testigo de la importancia estratégica del Puerto de Valdivia en el concierto de la navegación mundial en la colonia, sin embargo, las huellas de esa historia de abandono y deterioro siguen presentes.

Antiguos y nuevos rayados han venido hiriendo los murallas, revelando que, para algunos, el valor de la historia quedaba peldaños más abajo de un "aquí estuve yo". Incluso insignes familias valdivianas dejaron estampados sus nombres, otros se declararon amores eternos y giras de estudio rayaron un "presente". También el suelo patrimonial se ha erosionado y las piedras han ido debilitándose bajo cientos de miles de zapatos.

Nunca hubo una guerra en sus baluartes, salvo aquella noche de febrero de 1820 cuando hacía ya dos años que había nacido la República de Chile. Aun así, el deseo de trascendencia humano -que busca dejar huella de la brevedad de su pasaje sobre este mundo- ha dañado más que esa corta batalla estos muros, frágiles terrones de arenisca construidos sobre el dolor de cientos de presidiarios traídos de todo el Virreinato del Perú, a trabajo forzado, con frugales raciones y frías lluvias eternas.

Esa memoria, cuyas resonancias y consecuencias llegan hasta nuestra historia reciente y aun hasta hoy, es la que intentamos preservar, incluso para quienes pretenden ignorarla.

 

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